2 de abril – 14 de junio de 1982
Por: Dra. Ana Igareta (HiTePAC-FAU/UNLP – CONICET)
¿Cómo se le da cuerpo y materia a una guerra? ¿Por dónde se empieza a pensar, conocer o recordar un evento como el de Malvinas? ¿Cómo conciliar la noción de un reclamo legítimo con la oscuridad que las acciones de un gobierno de facto impusieron sobre la población del país? Imposible dar una única respuesta, simplemente porque no existe. Tampoco existe una única manera de articular memoria e historia, esas dos caras de una misma moneda que suelen convivir desfasadas y en conflicto. Por definición, la memoria es un acto emotivo, mientras que la historia es una construcción teórica obligada a ser crítica.
Pero ambas tienen un punto en común, un ancla que las vincula físicamente con los eventos: los objetos. Los que se llevaron, los que volvieron, los que ya estaban allá, los que quedaron en las Islas. Ese extenso conjunto de elementos que los arqueólogos llamamos registro material y que son, a la vez, prueba y testigo de lo ocurrido en el Atlántico Sur.
Para nosotros, los objetos transitan su propia existencia cuyo propósito es dar cuenta de la vida de las personas que los rodearon. Y nos esforzamos por conocerla. Proyectos como “Objetos, memorias, Malvinas” dirigido por el Dr. Carlos Landa (CONICET-UBA) han abordado la historia del conflicto a través de relatos que tienen como eje central piezas elegidas por veteranos. Como pequeñas partes de un gigantesco rompecabezas, cada objeto salvado, perdido o reencontrado adquiere su real dimensión al ser narrado, convirtiéndose en un puente hacia los hechos.
Pero no solo las piezas que pueden moverse son evidencia material. Cada camino abierto, cada trinchera excavada, cada pequeño apilamiento de rocas constituye también un testimonio de lo ocurrido. Rasgos que los arqueólogos asumimos como vestigios arquitectónicos, modificaciones realizadas al paisaje para permitir habitarlo, para hacerlo propio. Durante 74 días, Malvinas fue el hogar de miles de argentinos y ninguna interpretación que se haga de la guerra puede alterar ese hecho. Su presencia dejó en el suelo de las Islas una huella persistente. Y, como una cicatriz que crece y cambia con la piel que habita, esa huella irá transformándose, quedando cada vez más profunda en la tierra, más parte de su identidad.
En todas sus formas, el registro arqueológico es memoria e historia hechas materia. Es el principio de un camino que nos lleva hacia algunas respuestas y muchas más preguntas. Hacia nosotros mismos como país. Conocerlo es la acción más contundente para combatir el olvido.













